Bitácora del capitán. 10 / 02 / 2026

No siempre he tenido el tiempo para poder ayudar y, aunque me ha incomodado tener que decir que no, lo he hecho; algunas veces por cansancio, algunas veces por atender prioridades y otras tantas por responsabilidad. Sentí que el refrán “mucho ayuda el que no estorba” encajaba perfecto y, por respeto a la persona solicitante, preferí ser claro y dar la oportunidad de que buscara ayuda con alguien más.

Definitivamente, momentos incómodos que seguro a todos nos ha tocado vivir.

Con el paso de los años, al percatarme de que esos “NO” del pasado hoy forman parte de los “SÍ” que me puedo dar el lujo de decir, disfruto el momento en el que realmente puedo apoyar.

En uno de esos “sí” salí a la aventura para ayudar a un buen amigo. La consigna: arreglar un inmueble que renta y que el inquilino saliente, desafortunadamente, no dejó en condiciones óptimas y que ahora requiere mantenimiento para ofrecerlo, como debe ser, al nuevo arrendatario.

Paredes rayadas, marcos de puertas llenos de pegamento, las juntas de los pisos percudidas… y así podría continuar la lista. Sin duda, parte del riesgo de arrendar.

Antes de llegar al inmueble para darle con fe a los arreglos, pasamos por un ayudante más; ahora sí que el amigo del amigo.

Ya en bola y con la confianza que genera una tarea común, el cotorreo no se hizo esperar, haciendo del trayecto un momento muy agradable.

Al llegar a la casa, nos repartimos las actividades: uno a la limpieza de ventanas y marcos de puertas, otro al arreglo del patio delantero y acomodo correcto de cables, y otro a la colocación de puertas y arreglo de los desperfectos en las paredes.

Desafortunadamente, el patio frontal, que estaba hecho con tierra y gravilla, llevaba una sorpresa que en su momento fue bastante incómoda pero que, al final, dio para continuar con las bromas y la camaradería que suele darse en esos momentos.

Al mover la tierra para poner adecuadamente unos cables, los pequeños habitantes salieron a defender su territorio: unas pequeñas hormigas que no dudaron en subir por mis piernas y arremeter fuertemente con sus pequeñas mordidas. La solución más rápida y sin causar daño fue apurar el proceso, salir de ahí lo antes posible y con calma sacudir a esas guerreras que solo defendían su hogar.

Entrada la noche, el cansancio empezaba a ganar terreno y, mientras tomábamos un pequeño descanso, decidieron compartirme cómo inició su amistad, una historia enmarcada por el evidente orgullo de mantener una larga relación que dio inicio en su niñez.

—Íbamos en la misma escuela —comentó uno de ellos—, pero no nos conocíamos. Un día, en la parada donde se espera el camión, me atreví a pedirle ayuda: “¿Me puedes ayudar a decirme cuál es el camión que va hacia ‘X’ lugar?”. “Claro”, me contestó, y se esperó hasta que llegó el autobús que me dejaría cerca de mi hogar.

Deteniendo súbitamente el relato y dirigiéndose a su amigo, le comentó:

—A ti te sale mejor el remate.

Los dos, envueltos en risas, momentáneamente me dejaban con la incógnita. “¿Remate?”, me cuestioné.

El segundo amigo continuó:

—Al día siguiente me estuvo buscando desesperadamente y, al encontrarme, me dio profundamente las gracias.

—Cuando se me acercó tan efusivo para darme las gracias, yo me saqué de onda, pero me aclaró que era la primera vez que le indicaban correctamente qué camión tomar para llegar a su casa, ¡ja, ja, ja, ja! —volvieron a expresar.

Por mi parte, seguía sin entender la razón de las risas, hasta que aclaró:

—Lo que pasa es que este estaba más ciego que un topo; ni con lentes alcanzaba a ver las letras del camión y todos sus compañeros siempre le gastaban la broma de subirlo a camiones que lo dejaban muy lejos de donde quería llegar.

Las risas no se hicieron esperar, al igual que los adjetivos calificativos para todos aquellos que se divirtieron con él en aquella época, aprovechándose de su deficiencia visual y gastándole la broma sin importar el destino al que hubiese podido llegar o lo que le hubiera podido pasar.

Ahora me quedaba claro, entendí por qué se reían. Para ellos era un momento que dio pie a una gran amistad, un final alegre, una prueba superada que se hacía chusca y que sin duda vale la pena contar.

Sin duda, cuando las cosas terminan bien, nuestra cultura nos hace reírnos de la adversidad.

Sin embargo, al llegar a casa, no podía dejar de pensar: ¿Qué tanto sufrió antes de que alguien le pudiera realmente ayudar, para buscar a un desconocido con tanto ánimo para darle las gracias? ¿Qué tanto impactó para ser el pilar de una gran amistad? ¿Será que una experiencia así te limite o te haga crecer? Y sin ánimo de ir más allá y generar una situación que nunca pasó: ¿si la historia hubiera terminado de otra forma?

Me da gusto saber que esta anécdota está llena de risas, de confianza y de una gran amistad.

Alguien podría preguntar: ¿y dónde estaban sus papás, que sabiendo de su deficiencia visual no lo iban a buscar? Aunque también se podría preguntar: ¿y dónde están los papás de los demás y la educación para enseñar a ayudar a otros?

Cierre de la bitácora del capitán. 10 / 02 / 2026

El cargo “Entre paredes, hormigas y empatía” / Por Matías Suárez apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.

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